Una novela que te hará pensar, te emocionará y te "desvelará" algunos secretos relacionados con la realidad del Führer: ¿fue asesinado en la Operación Valkiria? ¿huyó a Uruguay? ¿hubo dobles que le sustituyeron? ¿fue Rommel el instigador de su intento de asesinato? Todas estas preguntas están resueltas "a mi manera" en la novela.
CONSIGUE ESTA PRECIOSA NOVELA EN EL BOTÓN QUE TE DEJO JUSTO DEBAJO
Una mujer que debe elegir entre su ideología o su humanidad. Totalmente identificada con el régimen nazi y con el proyecto del Führer, Ingrid se dio cuenta de que aquel proyecto llevaba a su patria hacia el desastre.
No todos los alemanes eran nazis, algunos de ellos lucharon desde las sombras por detener el régimen de terror que estaba llevando a Alemania y a Europa entera hacia el infierno.
La última valkiria del Reich es un homenaje a todos aquellos hombres que perdieron una guerra, pero que ganaron la gloria. Republicanos españoles fueron los primeros en entrar en París el 25 de agosto de 1944, día de la liberación.
Una guerra que se prometía corta y que resultó ser la mayor tragedia de la historia de la humanidad.
En junio de 1942 la Wehrmacht campaba a sus anchas por la URSS, pero se toparon con una ciudad a la ribera del Volga, que fue la tumba del 6º Ejército, una de sus puntas de lanza. Todo comenzó a complicarse para las fuerzas el III Reich.
Inmerso en un mundo idílico y desconectado de la realidad, el Führer se creía invencible. Sus más directos colaboradores nunca se atrevieron a contradecirle.
El principio del fin comenzó con la gran hazaña del desembarco de Normandía.
Con la guerra ya casi perdida, un grupo de altos oficiales alemanes intentaron eliminar a Hitler y negociar una paz con los aliados. Según la historia no lo consiguieron, ¿fue realmente así?
El 25 de agosto de 1944 las tropas aliadas liberaron la capital francesa. Un grupo de españoles, miembros de La Nueve, fueron los primeros en entrar en la ciudad.
FRAGMENTO DE LA NOVELA (Primera página del primer capítulo)
Las mujeres temblaban de frío, algunas ni siquiera tenían calzado, y era raro ver alguna ropa de abrigo sobre ellas. Bajaban de aquellos vagones de ganado como sonámbulas, unas detrás de las otras, como cuerpos sin alma, mirando a todas partes a la expectativa de saber a qué lugar las habían llevado. La nieve cubría la gran explanada de la recepción del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. Era una nieve oscura, sucia, como todo aquel entorno donde las habían llevado. La brisa era suave, pero, con aquella temperatura bajo cero, hacía que la sensación de frío penetrara hasta los huesos de aquellas infortunadas.
Se oían toses roncas y algún sollozo apagado sobre el silencio que dominaba todo aquel escenario dantesco. Poco a poco, todas las mujeres, algunas de ellas tan jóvenes que ni siquiera habían llegado a la edad de la primera menstruación, se fueron colocando en filas, tal como se les iba ordenando por parte de las carceleras.
Cuando la última desdichada atravesó la puerta del perímetro del campo, la barrera de la entrada se cerró tras ella. Aquella simple barra metálica separaba la libertad de la esclavitud y de la muerte. Irónicamente un cartel sobre el pórtico mostraba la bella frase: “El trabajo libera”.