La mejor novela sobre la batalla de Belchite, considerada por el Ayuntamiento de la localidad como un referente de la batalla y obsequiada a los invitados al acto de Memoria y Paz 2025.
Una novela sobre la Guerra Civil en la que no se juzga, no es sectaria y no hay "buenos y malos". Una novela realista, entrañable, desgarradora y que te tocará el corazón.
Basada en hecho reales y en las historias que los familiares de los protagonistas me contaron en mis acercamientos al pueblo.
Si no has visitado Belchite Viejo, te estás perdiendo una parte fundamental de nuestra historia reciente.
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A finales de agosto de 1937, tropas republicanas cercaron a soldados nacionales, falangista y requetés en esta localidad aragonesa. Los bombardeos fueron constantes.
Las tropas nacionales resistieron las embestidas republicanas de forma heróica.
Las tropas republicanas, muy superiores en número y medios, tuvieron que usar medios poco convencionales para sorprender a los defensores.
Ambos bandos lucharon con valor y con desprecio a la muerte. Los actos de heroísmo fueron constantes.
Como en todas las guerras, los no beligerantes fueron los que más sufrieron la zarpa de la violencia descontrolada.
Después de las dos semanas de asedio, la localidad aragonesa quedó muy dañada. Franco, tras la guerra civil, prohibió su reconstrucción. A partir de ese momento, la desidia de todos los gobiernos sucesivos han dejado agonizar este símbolo de paz y de verdadera memoria histórica.
FRAGMENTO DEL CAPÍTULO 14 (Páginas 138 y 139)
El sargento levantó la mano derecha en señal de silencio. Los hombres del pelotón se quedaron quietos, atentos a cualquier orden de su mando. De repente, bajó la mano y corrió hacía la siguiente fila de árboles, seguido por sus hombres. En ese mismo momento, la tranquilidad que habían disfrutado hasta entonces, quedó rota por las ráfagas de una ametralladora pesada.
Una bala silbó entre las ramas de los olivos, encontrando su blanco en el pecho del miliciano que corría junto a Sebastián. Un destello de sorpresa y dolor cruzó su rostro antes de que su cuerpo cayera a cámara lenta, como si la gravedad misma se hubiera vuelto más liviana en ese instante. El sonido metálico del fusil, golpeando contra unas rocas, resonó en el silencio que siguió. El miliciano yacía entre los surcos del campo, sus ojos fijos en el cielo, mientras la sangre convertía el azul de su mono de trabajo en un morado de penitencia y dolor. La vida escapaba de él como el viento entre las hojas, dejando solo el susurro de las ramas como testigo de su última danza.
En el campo de olivos, la guerra se había cobrado su tributo, llevándose consigo los sueños y la juventud de aquel miliciano, cuyo sacrificio quedó marcado en la tierra que había jurado defender.
Sebastián se detuvo junto al joven miliciano. No tendría más de veinte años, su rostro expresaba la sorpresa de encontrar la muerte de una forma inesperada. No le hizo falta tomarle el pulso, aquella tremenda mancha de sangre en su pecho, certificaba que el joven había muerto. El sargento llegó corriendo desde atrás y, agarrando a Sebastián, le gritó:
- Póngase a cubierto, insensato. Déjelo, está muerto.